"Que
no tengan miedo, que sepan que también tú fuiste rebelde
a su edad… Vamos a ser sinceros: el que no haya dado guerra a sus
padres (…) que levante la mano; ¿quién se atreve a
hacerlo? Es justo que tus hijos también te haga sufrir un poco.
Entonces, coges un día a aquel revoltoso, te lo llevas de paseo,
le invitas a tomar algo y le dices: ¿sabes que yo, cuando tenía
tu edad, hice sufrir a tus abuelos? ¡Fíjate!, les hice esta
trastada y aquella otra, y me perdonaron enseguida. Ahora estoy tan dolido
de haberlos hecho sufrir: ¡qué lástima! El entenderá,
se dará cuenta de que tú eres capaz de comprenderle, de
disculparle, y de amarle, con sus defectos. ¡También con
sus defectos! Se irá corrigiendo, poco a poco. ¿Quién
va a ser mejor educador que un padre o una madre? La pedagogía
vuestra, si sois buenos cristianos, es colosal.
Trátalos
como querrías que te hubieran tratado, cuando tenías su
edad. Sobre todo, con una confianza extramada. Más vale que te
engañen una vez, que hacerles pensar que no les quieres bastante,
que no tienes confianza en ellos. ¡Déjate engañar
alguna vez, que no pasa nada!"